• Páginas

  • Archivos

  • abril 2026
    L M X J V S D
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930  

Un huerto

A Ambrosio-Yafar

En mis paseos solitarios, como Fermín de Pas, prefiero las alturas; que ya no son tan altas como cuando tenía la edad en que de Pas se enamora de Ana Ozores.

Desde las pinas veredas a veces veo un yermo que de buenas a primeras comienza a convertirse en una huerta; la valla lo primero, para impedir visitas importunas; después surgen senderos, hileras de frutales, un bancal de hortalizas, una coqueta cabaña con su pérgola, un estanque, un brillante –por el plástico nuevo—invernadero… He aquí un ejecutivo, imagino, que ha encontrado un lugar donde sudar, durante los fines de semana, angustias laborales. Pasan algunos años… Poco a poco voy viendo que el yermo ha comenzado a devorar al huerto… El estanque está seco; las parras, sin podar; la maleza inunda la hortaliza; unos vándalos han roto una ventana en la cabaña; la valla está vencida. Y me pregunto ante este sueño desolado: ¿qué habrá sido del dueño, del valeroso ejecutivo?, ¿le habrá tocado la lotería de Navidad?, ¿se habrá tirado al AVE?, ¿se habrá hecho budista?

Hoy he querido entrar en un blog, parecido a Certe patet en algunos aspectos, pero más atractivo: con muchos floridos parterres, poéticas glorietas, íntimos cenadores, deliciosos paseos… Y he encontrado colgado en la puerta el siguiente letrero:

“Con más ilusión que talento he sostenido todos estos años al Mundo de Yafar. Sería injusto por mi parte poner punto y final sin decir adiós. Gracias.”

Mi Certe patet tiene ya casi un año. Tal vez no falta mucho para que ponga en la puerta de mi finca el siguiente cartel:

Adiós, amigos míos. Aquí os dejo este huerto.

Me he ahorcado con un verso de Antonio Gamoneda.

Encarecidamente os piden mis despojos

una oración a Apolo por mi alma alejandrina.

Mala prosa y “competencias”

La situación interna de los centros educativos públicos en España, y probablemente en otros muchos países desarrollados, es manifiestamente mejorable. Son numerosos los casos de violencia, de vandalismo, de acoso, de desorden e indisciplina, de absentismo…  Los porcentajes de alumnos que no acaban el Bachillerato, o ni siquiera la Secundaria Obligatoria (la ESO) son alarmantes; e igualmente alarmantes, o más, los escasos conocimientos de los alumnos que los acaban. En España el ejercicio de la administración educativa desde las comunidades autónomas ha podido aportar algunos beneficios, pero también indudables perjuicios. Los profesores con frecuencia percibimos que la nuestra es una tarea despreciada o injustamente valorada por la sociedad; y percibimos que los poderes educativos quieren transmitir a esa sociedad la impresión de que nos tienen vigilados y controlados, de que no van a permitir que nos dejemos llevar de nuestra proverbial comodonería e inoperancia.

Las autoridades educativas no quieren ver lo que pasa en las aulas, ni en las otras dependencias de los institutos, ni en los pasillos: prefieren limitarse a mirar en “los papeles”. Porque se supone que, si nosotros cumplimos nuestros proyectos educativos, nuestros planes de centros, los programas de contenidos de las distintas áreas o materias… todo marchará sobre ruedas; y ello quedará reflejado en los libros de actas, en las revisiones de la programación, en las programaciones de aula… ¡en la aplastante hojarasca burocrática! Una enorme masa de escritos, de pésima prosa, que ya no van a abultar tanto porque no van a necesitar el soporte de millones de folios –un respiro para los bosques-, sino que van a estar en los discos duros de los ordenadores, en los pen-drives, de los profesores.

Se legisla mucho en materia de educación… Más pésima prosa: proyectos de leyes, leyes, decretos, órdenes… Se recurre al sentido mágico de las palabras (como en las religiones o en las culturas más primitivas), y se quiere dar una imagen de absoluta novedad a fenómenos o experiencias que han estado en las sociedades humanas desde siempre. Recientemente la palabra que más rutilante ha salido del horno mágico del poder educativo ha sido la de competencias. Resulta que, hasta ahora, cuando un profesor enseñaba Inglés, o Música, o Matemáticas, lo hacía porque esos conocimientos lucían bien en la gente, daban buena imagen en las reuniones de sociedad; porque eso “vestía”, como viste llevar ropa de calidad o tener un coche de marca prestigiosa. Pero ahora han llegado las grandes mentes, los lúcidos pensadores que tienen a su servicio las autoridades educativas, para decirnos que no, que no, que no… Ahora ya no se aprende para lucir conocimientos; ahora se adquieren competencias; que de nada vale que un muchacho (o muchacha,¡ojo!, hay que añadir) aprenda Geografía si luego es incapaz de aplicar esos conocimientos a la vida cotidiana, o a la vida laboral cuando le llegue… ¡Qué gran novedad, Dios mío!  Y pensar que hasta ahora todos hemos ido aprendiendo a leer y a escribir por miedo a que nuestros amigos o vecinos nos tildaran de analfabetos, sin tener en cuenta en absoluto que, para nuestra formación y nuestra vida, era necesario que adquiriéramos esas importantísimas competencias…

Loca dilecta

“A mí no me gusta ir a ninguna parte”, le oía decir recientemente a cierto familiar. Pero no creo que responda este pariente mío a la tendencia general, en los tiempos que corren. La inmensa mayoría desea tener cada año (si es posible, en agosto, “como todo el mundo”) unas vacaciones que transcurran, cuanto más lejos de su casa, mejor; y luego tener fotos y vídeos  que enseñar a los amigos, y experiencias envidiables que contar a los vecinos y a los compañeros de trabajo.

Sin embargo, sin ser yo psicólogo, me atrevo a decir que lo más sano en esta materia es similar a lo sano en otros aspectos de la vida en que la afectividad está fuertemente implicada: el amor, la amistad, la profesión, la religión… La juventud es una etapa de experimentación y de búsqueda, de probar experiencias nuevas, de tantear cuál puede ser el puesto de trabajo en el que encajamos como la pieza correspondiente en un engranaje. Durante ese tiempo va actuando nuestra capacidad de selección, vamos viendo los paisajes y paisanajes que “nos van” y los que no; se van arraigando en nuestro mundo íntimo personas, actividades, sitios que, si llegan a faltarnos, nos sentiremos mutilados.

Quiero decir, por tanto, que, para los treinta años de edad, lo ordinario es que los humanos hayamos encontrado a la persona, frecuentemente del otro sexo, con la que queremos compartir la vida, constituir una familia. Y también que hayamos descubierto ese lugar o lugares que parecen atraernos como un imán, y a los que volvemos en cuanto tenemos ocasión. Y viajar cada año a un país distinto una vez rebasada la juventud, más me parece señal de fracaso que de éxito.

Naturalmente, estoy hablando de aficiones y de gustos: ideas muy diferentes deben regirnos cuando la necesidad nos impone unos desplazamientos o unas determinadas relaciones. En estos casos, “para el hombre magnánimo todo el mundo es patria”, escribió el padre Feijoo. Pero en lo que son nuestros anclajes afectivos en el mundo, nada más gozoso que limitar voluntariamente nuestra libertad: “mi pequeña libertad”, llamaba Richard Harris a la guapa india de la que se enamoró en Un hombre llamado caballo.

Es decir, buscamos hasta que encontramos: sea lugar, sea señora o señor, sea profesión o dedicación, sea todo ello a la vez, como fue el caso de San Agustín; actitud que el santo formuló muy bien en aquella famosa exclamación: “Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”.