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Nuevas categorías

A partir de hoy, o de mañana, van a ir apareciendo en Certe patet tres nuevos apartados o géneros o “categorías”. Los introduzco un poco:

1. Antología. Aquí va a aparecer cualquier página, de literatura en lengua española o traducida a tal, de esas de cuya calidad nadie, o prácticamente nadie, duda. Páginas algunas de ellas tal vez muy conocidas, pero que ningún aficionado elude leer otra vez, lo mismo que ningún aficionado al buen vino rechaza una copa de excelente bodega y venerable etiqueta alegando que ya conoce bien el sabor de ese vino.

2. Prensa. Meteremos aquí cualquier columna, crónica o noticia de la prensa del día; algo que nos parezca especialmente bueno, interesante o sorprendente.

3. Antogonías. En este apartado me voy a permitir crear un microgénero; algo por el estilo de las greguerías, que nunca me han hecho mucha gracia, por cierto. Creo recordar que fue leyendo algo de Juan Benet cuando memoricé aquella frase de que con buen ingenio se hace mala literatura; frase que me parece bastante acertada. Pero vivimos en tiempos de prisa y brevedad, en los que tenemos infinidad de ocupaciones, o en los que leer una línea implica un esfuerzo y un tiempo nada desdeñables. De ahí que otros microgéneros estén ahora tan en boga. En cuanto al nombre de antogonías, pues sale de mi nombre, Antonio González; pero también podrían ustedes pensar que remite al verbo griego ‘guignomai’, nacer (como en la Teogonía de Hesíodo); y entonces podría significar “las paridas de Antonio”, o algo así. Un ejemplo por ejemplo: “El nombre Inmaculada no le va bien a ninguna mujer; como el de Inmaculado no le iría bien a ningún hombre. Por consiguiente, encuentro estupendo el familiar apelativo Inma, que lo desemantiza y acorta. Si bien es verdad que he conocido a alguna portadora de este nombre que, por cierta propiedad de su anatomía, debería ser llamada Inma Culada. Y a alguna otra a la que, por su carácter vigoroso, cualquiera la consideraría portadora de partes anatómicas viriles, es decir, Inmasculada”.

Y nada más por hoy. Espero que disfruten de estos nuevos certeapartados. A cambio les pido que se acuerden, en sus oraciones copulativas, de este voluntarioso bloguero.

Selectividad

La UCA (no la Unión Ciclista Algecireña, sino la Universidad de Cádiz) nos ha convocado, como cada año, a los responsables de la preparación para las Pruebas de Selectividad. La cita, en la Escuela Politécnica. Llego media hora tarde. Y la reunión, no sólo no ha empezado, sino que todavía no se sabe con seguridad en qué aula se va a celebrar. Bien es verdad que ya ha tenido lugar un preludio protocolario en el salón de actos: este año he tenido la suerte de perdérmelo. En la puerta del aula, mientras esperamos que nos den entrada, comento a alguna compañera que en cuanto nos digan que todo sigue igual, un año más, en la Prueba de Lengua, me levanto y me largo. Efectivamente, es lo primero que nos dicen. Pero yo, que he ido andando desde mi casa, una hora a buen paso, y ya me he arrellanado en la cómoda butaca (del Salón de Posgrado, donde, finalmente, nos han dado acceso), pienso que enfadarse es malo para la salud, y que adónde voy a ir, de seis a siete de la tarde, que pueda estar más a gusto que entre estos estupendos colegas. Efectivamente, he pasado tres magníficos cuartos de hora de reposo. Y  ahora, a trabajar.

Escritura invertida

«Tiene don Luis de Góngora un extraño soneto»… Así comienza una página de Azorín en la que comenta el que comienza «Descaminado, enfermo, peregrino». El que yo recuerdo aquí hoy es «De pura honestidad templo sagrado». En los dos cuartetos y en el primer terceto, Góngora invoca a una dama mientras la va describiendo metafóricamente como un templo (un templo tan bello que ha debido ser «por divina mano fabricado»): el cuerpo, la cara, el cabello… Góngora describe a esta mujer de abajo a arriba, pero, por el orden de la escritura, estos elementos van apareciendo ante el lector de arriba a abajo. En la arquitectura del soneto, el segundo terceto tendría que aparecer culminándolo, como en el culmen, en el altar mayor, en el sancta sanctorum de ese templo, tendría que aparecer la imagen del dios al que el templo se consagra; o el alma de la mujer, que hace divino el templo de su cuerpo; esa alma femenina que el poeta adora («Ídolo bello, a quien humilde adoro»).

Hoy he recordado este soneto de Góngora al leer la columna periodística de un columnista que me parece especialmente bueno. El final de su columna, invertida, con el capitel en lo hondo, muy bien labrado, como el altar en el templo de Góngora, me ha hecho echar de menos la escritura invertida, la que crecería de abajo hacia arriba, como las obras arquitectónicas.