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Sabe el poeta

Ahora canta el poeta que yo soy

(un poeta decente; indecente;

indubitablemente). Soy consciente

de valer lo que vale lo que doy.

Dar (do, das, dare, dedi, datum). Do y

re. Do ut des. Mas, desgraciadamente,

lo que canto no es cosa convincente.

Ni interesa a la gente. Soy un Moi-

sés hablando en un monte con Yavé.

Y en el llano esa foule, que confunde

el hacha con la hucha, el rito con la fe.

El mal se expande, la epidemia cunde.

Y ya el poeta sabe (y ya sé)

que esta barca de Tierra se nos hunde.

¿Verano?

–Se va muriendo Junio. Ya se acerca

el tórrido verano de la trilla.

–¿De qué trilla? Ya no hay trilla, ni alberca,

ni sentarse a la noche en una silla

al fresco de la calle; ni una puerca

haciendo la carrera de morcilla.

Llega sólo el secano, no el verano.

Sin mieses, sin higueras no hay verano.

San Juan

El bramido del Este es el del Puerto

y dura todo el año. Las grúas nunca paran,

ni la reparación de buques, ni

su aprovisionamiento.

El ruido del Oeste es otra cosa:

es la Feria, que dura una semana

(semana del solsticio de verano).

No me molesta el ruido,

salvo cuando se acopla con el de mi cabeza.

La resonancia es peligrosa: lo afirman los expertos,

lo prueban ciertos casos desastrados.

La noche de esta noche, oh noche de San Juan,

voy a prender mi hoguera,

alimentada con… con todas las épaves

que han dejado en mi playa las resacas

(como Robert De Niro en La misión,

arrastro este ruidoso bagaje lamentable);

y con mi ropa vieja del invierno.

Y como Kevin Costner en Bailando con lobos,

danzaré en su redor hasta la madrugada.

El sol saldrá y me encontrará nadando,

purificándome en el mar; y me bendecirá benigno.

Y ya purificado, liberado

de mi carga de restos de naufragio,

volveré a la Ciudad,

en la que no será ningún problema

para mí el fragor de su ajetreo.