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Animales en casa

Me crié en una casa de campesinos pobres, vivienda en la que nací en el verano de 1951. La había comprado mi abuelo materno, quien, además de labrador, era algo tratante de ganado. Mi padre, después de tres años de mili y tres años de guerra, no disponía de un chavo para comprar ni un almocafre. Al quedar mi madre embarazada de mi hermano Miguel, que me lleva diez años, mis futuros padres se casaron, llevaron a cabo varias tentativas para disponer honrada y parcamente de techo que les correspondiera por derecho, y terminaron metiéndose a vivir en la casa de Papa Miguel.

La casa era (y es: aún sigue en pie, aunque vacía) de solar largo y estrecho, para que, detrás de la vivienda humana, quedara espacio para los animales: cuadra, corral, marranera y leñera-establo.

La cuadra era el espacio habitual de unos cuantos animales: la burra (después sustituida por una mula grande y cabezona), la becerra (la comprábamos pequeñita, la criábamos alimentándola como podíamos y, cuando estaba bien crecida y hermosa, la vendíamos) y la cabra. Esta a temporadas nos daba leche y periódicamente un cabritillo, que también vendíamos cuando estaba lustroso y cebado. No obstante, cuando yo rondaba por los siete u ocho años, alguna temporada mantuve adoptada a una chotita de nuestra cabra, y la llevaba al campo (mientras la madre pastaba en los secanos con el rebaño del concejo), o más bien ella se venía conmigo por voluntad propia, sin que yo tuviera que atarla. Se entretenía correteando y retozando, o aprendiendo a pacer por las orillas de la acequia.

En el corral había gallinas y conejos. Estos excavaban sus madrigueras, se apareaban, sacaban adelante sus camadas, se comían todo lo vegetal que les cayera delante y, de vez en cuando, alguno de ellos era condenado a la venta o al cogotazo certero con el que mi madre le quitaba la vida. Entonces yo mismo (u otro miembro de la familia) lo sostenía en alto sujetándolo de las patas traseras mientras mi madre lo desollaba y destripaba.

Las gallinas, vigiladas siempre por el gallo enchulado y fanfarrón, andorreaban, cacareaban, ponían algún huevo y una de ellas (no sé si por mandato de mi madre, que era la que mimaba a los polluelos) empollaba. Y dormían en alto, en un par de palos empotrados horizontalmente en una esquina del corral.

En la marranera criábamos un marrano o dos. En el segundo caso, llegado el momento, hacíamos matanza de uno y vendíamos el otro al carnicero.

Los animales que vi ocupar la leñera-establo siempre estaban allí por poco tiempo: habían sido comprados por mi abuelo Miguel para volver a venderlos, con algo de ganancia, se supone.

El animal que más compartía el espacio humano, aunque en todos los lugares aparecía y por todos se movía con discreción y silencio, era la gata, siempre lista y atenta. Lo único que hacía mal –esporádica, no habitualmente– era cagarse en la pila de cebada o avena destinada al sustento de los otros animales, especialmente el de la mula, que se lo ganaba trabajando.

Cuando alumbraba, normalmente en el pajar, mi madre solía dejarle una hembrita, para la casa o para alguna vecina, porque «las gatas son más fieles».

Algo habrá que decir ahora de los muchos animales que se autoinvitaban para compartir nuestro espacio; por ejemplo, las moscas: había que ver cómo proliferaban, cómo estaban presentes en todo, cómo no había manera de acabar con ellas. Sólo el crudo frío del invierno podía.

Pero no todos los autoinvitados eran desagradables. En primavera siempre llegaba una pareja de golondrinas. Anidaban en una viga de la cuadra (la parte superior de la puerta que daba al corral no la cerrábamos nunca). Alborotaban mucho, pero siempre disfrutábamos viéndolas entrar y salir, volar o posarse, callar o cantar, atarearse fabricando el nido, empollando o trayendo la comida a sus hijitas. Las golondrinas «le quitaron las espinas al Señor», por lo cual la casa en la que anidan está bendecida. Nuestra casa lo estaba.

Memoria

Imposible que exista la vida sin ella, y mucho más imposible que exista la vida humana. Casi todo es memoria: el ADN, el tarareo de una canción o la digestión de un almuerzo.

Somos, en un noventa por ciento al menos, memoria; y nos queda un diez por ciento, cuando mucho, para la innovación y la creatividad.

Cuando se han puesto de moda tendencias pedagógicas despectivas del factor memoria se ha hecho un gran daño a los niños (a la sociedad entera). Cuando los maestros no estimulen suficientemente la memoria de los niños, seguro que otros agentes menos sanos la estimularán.

Decía el catecismo (el que aprendimos de niños y todavía, sesenta años después, conservamos, aunque sea parcialmente, en la memoria) que las potencias del alma son tres: memoria, entendimiento y voluntad. Ahora no se suele hablar del alma, sino de la vida entera, cuerpo y alma hechos uno para avanzar hacia la plenitud.

Sería estúpido que, en estos tiempos en los que los poderes municipales promueven o crean talleres para el refuerzo de la memoria en los mayores, en los colegios se despreciara el ejercicio de la memoria que supone el aprendizaje de una definición, de un poema o canción, de las tablas de multiplicar o de la lista de presidentes del Gobierno que ha habido en España después de la dictadura de Franco.

No digo que no seamos, en alguna medida, lo que llevamos en el bolsillo; pero sobre todo somos lo que llevamos en la memoria: en la memoria biológica y en la memoria mental.

Microética

Si has empezado a leer estas líneas, doy por sentado que antes has leído la tribuna de El Mundo que enlacé aquí ayer, “Deterioro del Estado en España”. Si no la has leído, ve a ella; y después vuelve a estas líneas si te quedan ganas.

España ha mejorado enormemente, con respecto a lo anterior, en la etapa democrática, a partir de la vigencia de la Constitución del 78. Pero, con los medios disponibles, podría haber mejorado mucho más: en educación, en empleo, en cohesión nacional, en calidad democrática, en apertura al mundo exterior.

¿Qué ha fallado? Ha fallado la ética personal, lo que Antonio Muñoz Molina llamó la microética.

La moral del nacional-catolicismo era una moral viciada por el afán de dominio, tanto de los curas como de la dictadura, las obsesiones dogmáticas, los mitos nacionalistas, los prejuicios sociales y morales, la cerrazón a las culturas y modos de vida de otros países, la ignorancia generalizada.

Pero falló la implantación de una moral democrática, con derechos y deberes fundamentales claramente definidos y exigidos.

Desde el poder político se empezó a velar (cubrir con velo), demagógicamente, el tema de los deberes cívicos, para poner el foco únicamente en los derechos.

Así, en la familia, en la escuela, en la universidad, en la empresa pública o privada, se fue imponiendo una moral hedonista, según la cual lo importante es la felicidad, de cada uno y en cada momento, el carpe diem en el sentido más infantil e irresponsable.

Así creamos una sociedad no “del bienestar”, sino “del pasarlo bien”. Había que pasarlo bien en casa, , en el cole, en el instituto, en el trabajo y, cómo no, en la fiesta.

Así llegamos a tener una generación de jóvenes que, después de una docena de años de escolarización, apenas sabían leer y escribir en el propio idioma, y menos aún, lógicamente, en un idioma extranjero (con muchas y honrosas excepciones, claro que sí).

Así llegamos a tener un preocupante absentismo laboral a la vez que un alarmante desempleo y una obscena voracidad empresarial.

Así llegamos a tener unos partidos políticos convertidos en agencias de colocación para sus militantes.

Así llegamos a carecer de una cohesión nacional, cultural, idiomática, europea… Porque Europa estaba bien mientras era una vaca que ordeñar, no una vaca a la que había que cuidar y alimentar.

Volvamos a la base: a una moral ciudadana que nos tomemos en serio, aunque ello, en un principio al menos, nos suponga vivir una vida mucho menos acomodada.