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Será lo que nos devuelvan

Ayer vi, parcialmente y por casualidad, un reportaje sobre perros. En él se presentaron canes de muchas razas: todos lindos, aseados y amorosamente entregados a sus amos, que les correspondían sin reservas.

Recordé -de leer a Harari- que el perro, lobo en origen, fue el primer animal domesticado por el sapiens, unos cuantos miles de años antes que cualquier otro futuro deméstico. Hombre y perro asociados en la labor de la caza y en el festín de la abundancia.

Pensé en lo imprescindible que es que humanos y canes nos sintamos queridos, gustosamente aceptados, especialmente en el nacimiento y primeras etapas de la vida.

Cuando veo a una madre empujando con una mano el carrito de su bebé y con la otra manipulando atenta en su móvil; a un padre que lleva de una mano a su niño de dos años y va aprovechando la otra para manejar el impostergable artilugio, tengo la sensación de que algo no cuadra, de que algo no va bien.

Cuando he constatado que los centros de educación secundaria -la dichosa ESO- tienen tanto de cárcel como de institutos de enseñanza, he sentido una gran amargura.

Cuando he visto o leído que muchos padres regalan, desmedidamente, juguetes u otros objetos a sus hijos con el inconfesable deseo de justificar o compensar sus desatenciones y ausencias, me reconcome la preocupación.

Recordemos: los sentimientos con que los atendamos y tratemos hoy, determinarán mañana, o al menos marcarán, su trato y atenciones no sólo para con nosotros los testigos de su infancia, sino para con todos los seres vivos de su entorno.

Humanización 4.0, motor para Davos

Recomiendo encarecidamente su atenta lectura:

https://www.elmundo.es/opinion/2019/01/24/5c48753621efa0e63d8b45bb.html

Animales en casa

Me crié en una casa de campesinos pobres, vivienda en la que nací en el verano de 1951. La había comprado mi abuelo materno, quien, además de labrador, era algo tratante de ganado. Mi padre, después de tres años de mili y tres años de guerra, no disponía de un chavo para comprar ni un almocafre. Al quedar mi madre embarazada de mi hermano Miguel, que me lleva diez años, mis futuros padres se casaron, llevaron a cabo varias tentativas para disponer honrada y parcamente de techo que les correspondiera por derecho, y terminaron metiéndose a vivir en la casa de Papa Miguel.

La casa era (y es: aún sigue en pie, aunque vacía) de solar largo y estrecho, para que, detrás de la vivienda humana, quedara espacio para los animales: cuadra, corral, marranera y leñera-establo.

La cuadra era el espacio habitual de unos cuantos animales: la burra (después sustituida por una mula grande y cabezona), la becerra (la comprábamos pequeñita, la criábamos alimentándola como podíamos y, cuando estaba bien crecida y hermosa, la vendíamos) y la cabra. Esta a temporadas nos daba leche y periódicamente un cabritillo, que también vendíamos cuando estaba lustroso y cebado. No obstante, cuando yo rondaba por los siete u ocho años, alguna temporada mantuve adoptada a una chotita de nuestra cabra, y la llevaba al campo (mientras la madre pastaba en los secanos con el rebaño del concejo), o más bien ella se venía conmigo por voluntad propia, sin que yo tuviera que atarla. Se entretenía correteando y retozando, o aprendiendo a pacer por las orillas de la acequia.

En el corral había gallinas y conejos. Estos excavaban sus madrigueras, se apareaban, sacaban adelante sus camadas, se comían todo lo vegetal que les cayera delante y, de vez en cuando, alguno de ellos era condenado a la venta o al cogotazo certero con el que mi madre le quitaba la vida. Entonces yo mismo (u otro miembro de la familia) lo sostenía en alto sujetándolo de las patas traseras mientras mi madre lo desollaba y destripaba.

Las gallinas, vigiladas siempre por el gallo enchulado y fanfarrón, andorreaban, cacareaban, ponían algún huevo y una de ellas (no sé si por mandato de mi madre, que era la que mimaba a los polluelos) empollaba. Y dormían en alto, en un par de palos empotrados horizontalmente en una esquina del corral.

En la marranera criábamos un marrano o dos. En el segundo caso, llegado el momento, hacíamos matanza de uno y vendíamos el otro al carnicero.

Los animales que vi ocupar la leñera-establo siempre estaban allí por poco tiempo: habían sido comprados por mi abuelo Miguel para volver a venderlos, con algo de ganancia, se supone.

El animal que más compartía el espacio humano, aunque en todos los lugares aparecía y por todos se movía con discreción y silencio, era la gata, siempre lista y atenta. Lo único que hacía mal –esporádica, no habitualmente– era cagarse en la pila de cebada o avena destinada al sustento de los otros animales, especialmente el de la mula, que se lo ganaba trabajando.

Cuando alumbraba, normalmente en el pajar, mi madre solía dejarle una hembrita, para la casa o para alguna vecina, porque «las gatas son más fieles».

Algo habrá que decir ahora de los muchos animales que se autoinvitaban para compartir nuestro espacio; por ejemplo, las moscas: había que ver cómo proliferaban, cómo estaban presentes en todo, cómo no había manera de acabar con ellas. Sólo el crudo frío del invierno podía.

Pero no todos los autoinvitados eran desagradables. En primavera siempre llegaba una pareja de golondrinas. Anidaban en una viga de la cuadra (la parte superior de la puerta que daba al corral no la cerrábamos nunca). Alborotaban mucho, pero siempre disfrutábamos viéndolas entrar y salir, volar o posarse, callar o cantar, atarearse fabricando el nido, empollando o trayendo la comida a sus hijitas. Las golondrinas «le quitaron las espinas al Señor», por lo cual la casa en la que anidan está bendecida. Nuestra casa lo estaba.