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Series

Adoro las series”, nos decía un nuestro amigo hace dos o tres años. La frase me resultó llamativa y no se me ha olvidado. Entonces yo sólo había visto alguna, o más bien partes de alguna, y por coyuntura familiar, no por propia afición.

Pero en los últimos meses del pasado año, y en lo que va transcurrido del presente, he entrado de lleno en el disfrute del invento.

Y tan contento. Primero, porque viendo cómo está el basurero de la televisión abierta… Segundo, porque son como películas desarrolladas en capítulos, lo que nos viene bien a los mayores: porque así dosificamos las emociones (peligrosas para el corazón), porque así nos percatamos sin premura de la realidad humana de los personajes, y porque así vamos atando los cabos de la trama con la misma facilidad con que nos abrochamos los botones de la ropa.

Eso sí: yo no me pongo mi serie sino después de cenar y lavarme los dientes (durante el día, a otras cosas mariposas).

Y justo anoche empecé una. Una en la que Kiefer Sutherland hace de presidente no por accidente sino por ataque terrorista. Me extrañó lo mayor que está este que hasta ayer era un joven de cara pícara y agraciada. No me extrañó lo buen actor que es; ya lo sabía, y de casta le viene al galgo.

Así que me propongo pasar unas cuantas veladas con Kiefer and family. Presumo que me serán amenas; de lo contrario, corto y cuelgo.

Paseando

FOTO DE CGD

Higiene mental

Mis conocimientos de psicología se limitan a mis lejanas lecturas de Freud, allá por mis años universitarios. Después, no recuerdo haber leído otros libros sobre la materia. Sin embargo, sabemos que es una materia omnipresente: en las lecturas y en el trato tanto social como personal o íntimo. Puede que algo sigamos aprendiendo, a lo largo de nuestra vida, acerca de los sentimientos y el comportamiento humano. Y por ello los mayores tienden -tendemos- a ser más tolerantes, menos rígidos en la valoración de conductas ajenas o propias, porque tenemos una más amplia visión sobre el tema.

Para buscar mi propia serenidad, siempre he procurado contar con un espacio propio donde retirarme, donde sumirme en el silencio y la ausencia de estímulos externos. Un retrete, en la última de las acepciones que recoge el Diccionario. En ese silencio la propia intimidad aflora, se esponja y reorganiza.

Para el mismo fin puede valer el paseo solitario y tranquilo; no la caminata turística en la que se requiere, además de ejercitar mucho el cuerpo, encontrar potentes estímulos a los que atender: un paraje, una vegetación, una cascada, una obra de arte.

Claro que puede ocurrir que uno tenga estar preferencias por su tendencia a la introversión. Puede que haya personas que lo que necesiten, para su higiene psíquica, sea zambullirse en el grupo o en la multitud: el bar, la mesa redonda, la reunión del comité, la manifestación. Personas extrovertidas que requieren, para su salud, poner sus almas en debate o esgrima con otras almas. Y de ese encuentro salgan más pulidas o afiladas, como le ocurre al cuchillo cuando se encuentra con el asperón.

El caso es que todos debemos mirar cuanto podamos por nuestra higiene mental. En estos tiempos en que es posible, incluso habitual, el meticuloso cuidado corporal, que llega a incluir la estética en la salud, estaría bien que no perdiéramos de vista la higiene de nuestra mente. Recordando a Jorge Manrique y sus Coplas, no nos empleemos exclusivamente

en componer la cativa,

dejándonos la señora

descompuesta.