• Páginas

  • Archivos

  • mayo 2026
    L M X J V S D
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    25262728293031

Como putas

Quizá durante mi infancia y primera adolescencia, yo fui desarrollando talentos (recuerden la parábola evangélica: “A uno dejó cinco talentos; a otro, dos; a otro, uno.”) adecuados para poder haberme dedicado a la escritura creativa. Con frecuencia recibí elogios de mis profesores, e incluso de amigos mayores, por la página redactada, por el poema compuesto. Pero, hacia esa posible futura profesión, ni nadie me animó ni yo me sentí llamado. Donde sí vi que podría desarrollar laboralmente mi vida fue en la enseñanza. Yo constataba día a día lo que hacían los profesores. Los buenos profesores, que tuve muchos, cada uno a su manera, “con su librillo”. Malos, tuve muy pocos. Alguno al llegar a la Facultad (se veía que los criterios de selección en la Universidad eran distintos, o que yo me había vuelto más exigente).

El caso es que cuando alcancé la doble licenciatura, la de la Facultad y la del Glorioso Ejército Español (en el que ingresé al mes y medio de morirse Franco), no me veía formado, suficientemente formado, para ser profesor. Así que me busqué otros trabajos o errabundeé a la búsqueda del yo que quería ser.

Y fue al cabo de una década cuando decidí buscar y encontré trabajo en la honrosa institución: me convertí en profesor de instituto. Profesión que he ejercido durante veintisiete años. Muy volcado en el trabajo. A mucha honra. A pesar de que la cosa, la casa, comenzó a degradarse con la LOGSE. Y en ello sigue. Y me temo que va a seguir con la Ley WERT. No obstante, antes de mi último curso, me fue llevadera y suficientemente grata mi labor. El último, “sin en cambio”, se me hizo largo y amargo. Así que me alegré de que sonara la campana de la jubilación.

¿Estoy haciendo balance? No… Solo un apunte provisional… En el que considero que cualquier empleo –cualquier función que desempeñamos porque la sociedad lo demanda- remunerado y supervisado por alguien que ejerce una autoridad, es similar al de las putas: nos debemos al cliente. Al cliente presente, no al cliente posible ni al cliente ideal; al cliente de cada momento o de cada encamada. Y si el cliente es un necio, ya lo escribió Lope de Vega –en verso, que era como a él le gustaba escribir-, la puta trabaja en necio, para dar gusto al cliente.

Tan solo una profesión se salva de tal servidumbre. No la de Lope de Vega, que era, dicho sea sin ánimo de ofender, más puta que las gallinas. Sino la profesión del artista de verdad. Del que no pone nada por encima de su arte: ni el dinero, ni el amor, ni la familia, ni la salvación eterna; así que no digamos la gota de miel del éxito o la gloria.

El arte es un señor tiránicamente exigente. Aunque a algunos de sus servidores les concede el privilegio de no morirse de hambre ni de hastío, sino que sigan viviendo y acrecentando sus talentos para alimento del propio arte.

Los demás amos, por aquí y por ahora, son bastante más benignos, como los clientes normalitos de las putas.

Tres personajes femeninos…

…de una misma novela, La mancha humana. La acción transcurre en Nueva Jersey, Estados Unidos. Los momentos aquí seleccionados corresponden a 1998.

 

Faunia Farley

De 34 años. Ha sufrido abusos sexuales desde su niñez, desde el seno de su propia familia, palizas continuas y otros calvarios. Se siente mejor entre los animales que entre los humanos. En este pasaje, dialoga y juguetea con un grajo. Nathan, el escritor narrador, acercándose a la conciencia de Faunia, exterioriza así el pensamiento de esta:

Ella sabía todo lo que necesitaba saber sobre la historia de la especie humana: los crueles y los indefensos. No necesitaba las fechas y los nombres. Los crueles y los indefensos, ésa es toda la jodida historia.

 

Delphine Roux

Francesa. Profesora de universidad en Nueva Jersey. Brillante currículum académico. Aparentemente concorde con los dogmas de lo políticamente correcto. Hay un tipo de hombres, de colegas, que detesta y desecha. Ella los llama Los Pañales. Así expresa el narrador el sentimiento de la Roux sobre ese tipo de hombres:

Le subleva que se enorgullezcan de hacer la mitad del trabajo doméstico. Es intolerable. “Sí, he de irme, tengo que sustituir a mi mujer. He de cambiar los pañales del niño tanto como ella, ¿sabes?” Se estremece cuando los oye jactarse de lo útiles que son. Hazlo, de acuerdo, pero no tengas la vulgaridad de mencionarlo.

 

Ernestine Silk

Maestra jubilada, poco mayor que Nathan, con el que dialoga cordialmente. Así reproduce este lo que Ernestine opina:

[…] por lo que veo, este país se está idiotizando más a cada hora que pasa. Muchas universidades tienen programas de recuperación a fin de enseñar a los chicos lo que deberían haber aprendido en la Enseñanza Media. En el instituto de East Orange hace tiempo que han dejado de leer a los clásicos antiguos. Ni siquiera han oído hablar de Moby Dick, y en cuanto a leerlo, para qué hablar. […] Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla.

 

Leer la Trilogía americana, de Philip Roth, me ha resultado una experiencia fuerte, casi traumática. Cuánta vida, cuánto arte. No me extraña que el autor, habiendo parido obras de tal magnitud, haya dicho que ya vale, que ya, prácticamente octogenario, está demasiado mayor para más partos.

El infortunio

Andan sacando a subasta

los bienes de mi vecina,

una señora muy fina

que tenía mucha pasta.

El infortunio las gasta

según su gusto y capricho.

El infortunio es un bicho

juguetón y fantasmal.

Su picadura fatal

lleva a la ruina o al nicho.