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Anécdota

Lo que tiene ser jubilado y anarcoreta

Transito, hoy sábado, por el paseo de la playa y lo único que se me ocurre es: “La playa pierde con la gente”.

Sé que mi juicio es injusto, que los canes, los niños, los gritos, los coches-discoteca, los biciacosos son cosas de la vida. Pero yo me mantengo en mi injusto pensamiento: “El dominguerismo afea la playa incluso los sábados”.

Perdonadme, niños. Yo sé que sois la delicia del presente y la fuerza y riqueza del futuro; que tenéis derecho a vuestros canes caganes, a vustras bicis chirriantes y a vuestras madres gritonas. Perdonadme. El mar, a cuya hermosura acudimos, cuya hermosura ignoramos, nos perdona a todos.

Salgo del paseo de la playa por la Cuesta de los Delfines, que no es muy larga pero es muy pendiente. Cuando voy ya acometiendo su segundo tercio, las únicas voces que me llegan, desde el comienzo de la cuesta, son las de una juvenil pareja: en torno a los dieciocho años, deduzco de la frescura de las voces. Las voces: porque se hablan a voces aunque –no lo puedo jurar, no me vuelvo para mirar- deben de estar entre sí no más distantes  de un par de metros. El muchacho da a la chica indicaciones sobre los cambios de marcha: “Dale ar botón gordo, ar botón gordo”. La chica suelta una ola de risa y en seguida le resume al chico el motivo: “M’he peío”.

Me sorprende la frase. Hasta el punto de que ya no oigo más sus voces. Sigo acometiendo la empinada cuesta, en la que, en efecto, nada tiene de raro que el escape se active. Y no voy a hacer comentario de texto de una frase tan breve. La frase aculatoria, perdón, acusatoria, perdón, aclaratoria, de la inexperta ciclista.

Bodegón

Bodegón (04-11-13)

Un nombre y su periferia

Por periferia de un nombre entiendo ahora las perífrasis con las que le damos un rodeo, cuando nos produce grima decir ese nombre con toda la boca y con todas las letras.

Me llama hoy la atención que Elvira Lindo, en su artículo en El País, después de referirse a su suegra, diga que le gusta más el término de los anglosajones, mother-in-law.

En España se ha usado mucho, aunque tal vez ya ha caído en el olvido, una perífrasis bastante equivalente al compuesto anglosajón: madre política. ¿Se sigue usando? Quizá no.

El caso es, parece, que  Elvira Lindo ha tenido sus dudas a la hora de meter a su suegra en su artículo, con su nombre de suegra y todo; por “demasiadas connotaciones referidas al sainete familiar”.

Así de golpe, es verdad que un personaje tan doméstico parece disonar en el tratamiento de un tema tan universal: la novela y sus lectores. Pero no disuena, claro que no. El buen escritor tiene que ir de lo particular a lo universal, y viceversa, con toda fluidez.

No ha dudado, por contra, la articulista en perifrasear el nombre marido con el sintagma “razones de corte estrictamente familiar”. Y digo que no ha dudado porque lo repite.

Volvamos a la suegra. Al término ‘suegra’ y a las suegras. Creo que, con bastante frecuencia, en las primeras etapas de una relación, se produce un rechazo suegra/nuera, o suegra/yerno, que ha dado sujeto a muchos pasajes literarios tragicómicos. En las primeras etapas. Luego los sentimientos evolucionan: al fin y al cabo, ¿quién puede querer a nuestros hijos como los quiere nuestra madre? Solo nuestra suegra. Y en cuanto a las perífrasis, si el término suegra nos suena un poco crudo o demasiado sainetero, propongo la perífrasis menos oblicua, la más machadiana: la madre de mi marido o la madre de mi mujer. Aunque, lo reconozco, ahí, en el artículo de Elvira Lindo, hubiera sonado raro que dijera “la madre de mis razones de corte estrictamente familiar”.

Y para terminar, que conste que yo a mi suegra, cuya gracia es Gracia, la llamo Suegracia, pero solo en la intimidad.