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Juan Mata

Alguien me trae ahora la presencia de Juan Mata. Y yo evoco sus ojos caídos a lo Robert Mitchum, su ingravidez felina cuando andaba, cuando subía unas escaleras. Estábamos en el colegio de Escolapios de Granada. Mata entrenaba para algunas pruebas de atletismo: el triple salto o la altura, no recuerdo bien. Era nuestro sexto curso de bachillerato, el único que yo hice en Escolapios, entre mis años de seminario y mi año de instituto, el de Preu.

Mata era suave no sólo en los movimientos: lo era también en el hablar. Jamás levantaba la voz. Recuerdo que unos cuantos años después formó un pequeño grupo de teatro. Probablemente metido ya de lleno en la militancia política, y siguiendo los pasos al Lorca de La Barraca. Y llevó a mi pueblo, a Gójar, una cuantas obritas cortas, unos pasos o entremeses en los que él actuaba. Atraía la atención de los espectadores con un expresionismo gestual que le permitía mantener su mansedumbre vocal habitual.

Algún tiempo después, en algún encuentro casual, me contó que había pasado no recuerdo cuánto tiempo en China…

Y ya no volví a saber nada de él. Sabía, sí, que era profesor en ”La Normal”, en la Escuela de Magisterio o Facultad de Ciencias de la Educación (cuánta briega con los cambios de nombre), pero no sabía que había sido concejal, ni he leído, hasta hoy, ningún artículo suyo en la prensa local.

Ahora siento pena al pensar en la poca relación que he tenido en los últimos cuarenta años con muchos de quienes fueron mis queridos compañeros de fatigas en mis días de estudiante. Y ya es tarde. Probablemente si hoy me cruzara con Juan Mata en cualquier calle de Granada, ni el me reconocería a mí ni yo lo reconocería a él. Menos mal que nos queda el recuerdo.

Notario

En los meses del verano que –qué pena- se acaba de acabar, he leído unas cuantas novelas de doña Carmen Martín Gaite. Lo que, entre otras consecuencias, ha traído la de que me encariñe más con la autora. Si pasas muchas horas con un amigo, con un compañero de trabajo, con un vecino de cama en el hospital, lo normal es que aumente en ti el afecto que sientes por él. Pues lo mismo si pasas muchas horas, voluntariamente además, leyendo lo que ha escrito un autor, una autora.

En las obras de Martín Gaite hay dos factores, dos tendencias, que se complementan: el realismo y el romanticismo. El realismo dice: “La vida es así. Lo sabes por tu observación y por tu experiencia”. Y el romanticismo responde: “La vida humana puede ser mucho más bella, puede ser maravillosa; y no debemos conformarnos con menos, sino luchar por esa plenitud que casi nunca se consigue”.

La reina de las nieves es la novela de esta autora que he terminado de leer recientemente. Uno de los personajes que aparecen en ella es un notario, don Octavio. El personaje es un dechado de profesionalidad, inteligencia y bondad. Un personaje que se gana nuestra simpatía en pocas páginas.

Ahora bien, resulta que el padre de Carmen Martín Gaite era notario. Así que lo que yo deduzco es que, en este pasaje de la novela, el capítulo IX, Martín Gaite ha, discretamente, levantado un homenaje, un monumento a la memoria de su padre, al que seguramente seguía ligada, amorosa y admirativa.

¿Y es esto realismo o romanticismo? No estoy seguro. A mí me parece una mezcla de ambas tendencias.

Una hora de vida, debida, pagada, apagada.

Vuelvo del baño, me meto en la cama y oigo los prolongados mugidos de algún buque. Miro el reloj: las 5:30. “Ya está saliendo algún ferry del puerto”, se me ocurre. Pero inmediatamente los bocinazos se repiten sobre un fondo de bramidos más lejanos: es la niebla; una madrugada más el Estrecho está inundado por la niebla.

Me pongo a cavilar sobre el trabajo. Ayer hicimos el reparto de cursos y grupos en el instituto; y otra vez me han tocado las dos puntas: los mayores, de 2º de Bachillerato, y un primerillo de la ESO. Ahora mi mente, despejada por el descanso, alguna idea interesante me propone. Para celebrarlo, me gustaría volver a dormirme; pero sé que ni de broma. Miro el reloj: las 5:55.

Me levanto, me vengo al estudio y leo unas cuantas páginas. Cierro el libro, apago la luz, me quedo quieto, relajado. Vuelvo a oír las continuas bocinas de los barcos. Vuelvo a la cama. Pero, antes de acostarme, cierro la pequeña rendija que hay abierta en la ventana y enciendo el aire acondicionado de la habitación. Inmediatamente se alejan los mugidos del los barcos y se acerca el suave y fresco soplo del aire acondicionado; que me espabila aún más. Mi mujer, a mi lado, sigue durmiendo a prueba de bombardeos. Me acuerdo de mi padre; de cuando estaba contento de no tener que trabajar en los campos de otro, a jornal, esclavo de la miseria y del reloj. Miro el de mi mesita: las 6:31. Vamos a hacer café.